López Sacha: el duro oficio de escribir

López Sacha: el duro oficio de escribir

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Al filo del mediodía de este domingo 16 de febrero la cultura cubana volvió a enlutarse: murió Francisco López Sacha (Manzanillo, 22 de febrero de 1950), connotado narrador, ensayista y profesor de arte, con quien tuve el privilegio de estrechar fraternos y sólidos lazos de hermandad durante los últimos años, gracias a la cercanía de los apartamentos en que ambos vivimos y a la extraordinaria compatibilidad de nuestros caracteres personales.

Se nos fue, en poco más de un mes, en inaceptable prisa para quien amaba tanto la vida como el arte de redactar, el escritor de fina prosa que rehuía  hablar de sus honores y prefería hacerlo sobre sus libros, en particular del último, el que vino a unirse a otros 15 títulos ya publicados en diferentes editoriales cubanas y extranjeras, algunos de los cuales estuvieron a la venta en la pasada feria del libro dedicada a él y a la investigadora Isabel Monal.

Entre esos volúmenes que consolidaron su carrera se encuentran El más suave de todos los veranos (novela, Ediciones Cubanas de Artex) y Voy a escribir la eternidad (Editorial Letras Cubanas), Premio Alejo Carpentier, novela  considerada por él como su obra más compleja, que le tomó cerca de 30 años escribirla y sobre la que, ejemplar  en mano, me leía fragmentos y hablaba con resonante orgullo de los valores históricos y sociales de esta obra, así como de la ilustración de la portada en la que aparecen The Beatles en el parque de Manzanillo con su flameante glorieta al fondo.

Publicó, además, otros valiosos libros, entre los que se destacan Descubrimiento del azul, (cuento, 1987), Análisis de la ternura (cuento, 1988), La nueva cuentística cubana (ensayo, 1994), Islas en el sol: antología del cuento cubano y dominicano (1999), Pastel flameante, (ensayo, 2006), Variaciones al arte de la fuga (cuento, 2011), y Prisionero del Rock and Roll (2017),  en el que satisfizo su enorme afición por este género musical, en tanto hizo derroche de sus conocimientos sobre música; en especial sobre The Beatles, el célebre grupo de rock británico al que él necesitaba cada día volver, a través de sus canciones, para crear sus obras literarias.

Tal fue su pasión por esta banda que conocía, como pocos, sus más mínimos detalles, desde su creación en Liverpool durante los años 1960, hasta su disolución en 1970, así como de cada uno de sus integrantes: John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr. Era extraño que durante nuestros diarios encuentros no introdujera algún aspecto relacionado con esta histórica agrupación.

En 1994 vio la luz su libro titulado Fábula de ángeles, antología de nuevos narradores cubanos, y en 1996 La Isla Contada, el cuento cubano contemporáneo, que tuvo dos ediciones en España, y una en Portugal, Brasil e Italia, respectivamente; mientras que en 1997 apareció en México su antología personal Figuras en el lienzo, de la colección Rayuela Internacional, de la UNAM. Entre sus libros de ensayo figuran La nueva cuentística cubana (1994) y Ensayos en clave de sol (México, 2013).

Sacha, un ser entrañable que siempre estuvo pendiente de los problemas de sus familiares y amigos, sin dudas es una de las figuras imprescindibles de las letras cubanas de entre milenios, condición que le valió numerosos lauros y reconocimientos, entre estos el haber recibido dos respectivas nominaciones al Premio Nacional de Literatura, la primera, en 1980, a la temprana edad de 30 años, y la última en el año 2018.

Elegante en su oratoria, le gustaba el diálogo fraterno, a veces controversial, y no solo sobre su quehacer literario, sino sobre cualquier tema de la historia, el arte, la literatura, el teatro, el cine, el magisterio y la contemporaneidad insular; incluso hasta de las candentes cualidades de algunas féminas que solían perturbar su tranquilidad.

En su memoria se registraban grandes y pequeños acontecimientos universales que, con precisión enciclopédica, devenían memorables enseñanzas; condición que, unida a su fuerte y clara dicción, sin dudas garantizaban el éxito de sus innumerables y periódicas conferencias, charlas, cursos y talleres impartidos en múltiples eventos teóricos, congresos, paneles y simposios a los que fue  invitado a compartir sus conocimientos, igualmente llevados a institutos y centros de altos estudios de diferentes latitudes.

Entre estos últimos se destacan las universidades de Oxford, en el Reino Unido; de Poitiers, Francia; la Central, de Venezuela; la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); y la Veritas, de Costa Rica, entre otras; así como en el  Instituto Internacional de Teatro (ITT), de Praga; el Latinoamerican Youth Center, en Washington DC; las casas de las Américas de Madrid, Nueva York y La Habana, respectivamente, y otras muchas; amén de sus trascendentales registros como profesor en el Instituto Superior de Arte, del que casi fue fundador al incorporarse como docente un año después de su inauguración, y en la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños.

“Me inicié como profesor en el año 1961, cuando tenía 11 años de edad y me incorporé a la Campaña de Alfabetización en la Sierra Maestra y luego en mi natal Manzanillo. Posteriormente, mientras cursaba estudios en la Universidad de Oriente impartí cursos de estética. Pero mi gran pasión siempre ha sido escribir…”; me dijo a propósito de la dedicación a su figura de la anterior feria del libro.

En esa ocasión, hace ahora un año, enfatizó que empezó en este oficio “a partir del segundo año de mis estudios universitarios, entre 1970 y 1971. Entonces hacía artículos y críticas para varios periódicos de las diferentes provincias orientales, ejercicio que fue más frecuente, sobre todo en la crítica cinematográfica, luego de graduarme, en 1977, como Licenciado en Letras Hispánicas en la Universidad de Oriente, donde inicié mi vida laboral en la Sección de Cine. También hacía críticas literarias y en ese mismo año empecé a escribir ficción recreada en temas históricos, principalmente la lucha insurreccional en la Sierra Maestra, y comencé a redactar mi primer libro que concluí en 1979 titulado La división de las aguas”.

Sacha fue acreedor, entre otros muchos reconocimientos, de la Distinción por la Cultura Nacional (1994) y la medalla Alejo Carpentier (2021). En el año 2000 obtuvo el Premio Juan Rulfo (Francia) con Escuchando a Little Richard y en 2002 el Premio Alejo Carpentier con Dorado mundo. Igualmente fue ganador de los premios Razón de Ser, Abril, La Rosa Blanca y La Gaceta de Cuba, y desde muy joven se introdujo en el panorama literario insular, además, con cuentos de carácter épico y cotidiano, respectivamente; en tanto dio a conocer su novela El cumpleaños del fuego, “que narra—me dijo— el mundo del campesinado en la Sierra Maestra, historia en la que el principal protagonista es un bohío que posee sentimientos y emociones, y se establece una relación entre la madera (de esa vivienda) y el fuego, el cual finalmente lo consume”.

En diciembre de 1977 se radicó en La Habana, donde realizó la mayor parte de su obra (antologías, cuentos, novelas, ensayos). “Vine para la capital —recordó— porque en esta existían las principales editoriales de todo el país y en esa época en Manzanillo no había alguna, aunque ahora sí, como la Orto, que posee prestigio. En 1983 comencé a publicar en esta ciudad que me ha acogido como un hijo auténtico”.

Desde el año 1999 López Sacha se desempeñaba como profesor de la EICTV, en las asignaturas de Pensamiento narrativo, primero, y luego en Guion cinematográfico y Adaptación de la literatura al cine, respectivamente, y contribuyó, mediante cursos regulares y por encuentros, a la formación de centenares de cineastas de diferentes partes del mundo, principalmente de Latinoamérica y Europa. Durante sus años como pedagogo en el ISA, donde estuvo hasta 1991, igualmente dio clases a educandos que hoy sobresalen como figuras de la televisión, el teatro y el cine, como Amado del Pino, Jacqueline Arenal, Luis Alberto García, Blanca Rosa Blanco, Osvaldo Doimeadiós, Carlos Díaz, Carlos Celdrán, Arturo Sotto y muchos más.

“Mis años como profesor en el ISA fueron extraordinariamente ricos, muy productivos. Escribí mucho y tuve la oportunidad de ponerme en contacto con mi propia generación que venía o se mudaba para La Habana con el interés principal de publicar sus obras”. Entre esos intelectuales muy cercanos a Sacha hasta la actualidad se encuentran Senel Paz (Fomento, Sancti Spíritus, 1950), Arturo Arango (Manzanillo, 1955) y Hugo Vergara (Bayamo, 1949).

Posteriormente trabajó como editor de la revista Letras Cubanas, “donde igualmente fui jefe de la redacción de Narrativa. En 1994 pasé a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) primero como vicepresidente y luego presidente de la Asociación de Escritores.  Allí permanecí durante 13 años, y entonces me dediqué sólo a escribir y a la docencia. Durante esta etapa entré en contacto con la EICTV y para 1980 empecé a publicar en todas las revistas cubanas de literatura, cine, teatro, música y arte. Asimismo en esa década, se hizo más recurrente la publicación de mis libros, pues tenía mucha obra acumulada desde los años 70”, afirmó el excelso intelectual que también fue especialista en Teatrología y profesor fundador del Taller de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y del programa televisivo Universidad Para Todos.

Hace apenas unas pocas semanas me hablaba con énfasis de la última novela que escribiría, “la cual será la más extensa y la más contundente. Voy a esperar unos días que me he tomado de descanso después de terminar mi último libro para meterle con todos los hierros”. La parca, impredecible en su encuentro, no le permitió acometer esta obra que, según me decía, “va a conmocionar a los lectores”.

Mi querido Sacha exteriorizaba sentimientos y expresiones que a veces semejaban a las de un niño ante una apetecible comida. Era incondicional admirador de la alta cocina y de la cultura del buen comer. Y tuvo la suerte, gracias al reconocimiento mundial de su obra, de degustar los sabores y olores de diferentes platos nacionales (de toda la geografía insular) e internacionales, favorecido por sus recurrentes visitas a numerosas provincias cubanas y a países de casi todos los continentes, en los que fue ovacionado su quehacer como escritor y conferencista. Sus cuentos han sido traducidos al alemán, italiano, portugués, inglés y ruso.

Al despertar de cada día mi teléfono daba timbre, era Sacha para interesarse por mi precario estado de salud y a veces coordinar, con el aporte de los dos, la confección de algún alimento para el almuerzo o la comida, rutina que nos divertía muchísimo en medio de las carencias actuales. En ocasiones me hacía participe de sus madrugadas, pues se levantaba sobre las 5 y 30 de la mañana para comenzar media hora después su labor como escritor. “No te creas, Rivas, este es uno de los oficios más duros que existen. No tiene fin, se amanece escribiendo y no se termina nunca, incluso cuando y estás dispuesto a dormir, viene la musa y te quita el sueño”.

Su afán como maestro se hacía evidente en cada parlamento de este entrañable hermano. En ocasiones se ubicaba detrás de mí mientras yo redactaba algún texto en mi ordenador, el cual él seguía atento con la mirada. Entonces me corregía palabras, ideas o frases que no había logrado terminar. Esto me irritaba un poco y terminábamos hablando o discutiendo, no sobre este percance, sino sobre el tema objeto de mi escrito.

Son muchos los sucesos y las cosas que caracterizaron nuestras rutinas existenciales durante los últimos cuatro o cinco años. Ahora, Sacha se ha ido y la soledad y el dolor ocupan su lugar.

Este domingo se ha tornado gris, triste. Se fue, sin darme tiempo a despedirme de él, mi amigo, mi hermano, el gran escritor Francisco López Sacha. Trabajadores expresa sus condolencias a familiares y amigos, en especial  a sus hermanas Sandra y Belkis, a su madre y  a sus hijos.

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