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Luis García Prades, expelotero: A corazón abierto

Foto: Raúl López

Detesto castrar las historias. Prefiero que lloren, incluso, que sangren. Desnudo de pretensiones y limpio de vanidades intento que los caídos obtengan resurrección. Que los fantasmas del pasado hablen sin miedos. No busco su redención. Tal vez sí una confesión clandestina o fugitiva, que no desprecie la sustancia de la que estamos hechos. Un puñado de dolores vivos que respiren en la nuca, listos para gritar, incluso para morder…

La respuesta llegó dura, cortante. “Al principio comenzó como cosa de un día. Con el tiempo se agravó. No me di cuenta cuando caí. Todavía me duele”.

El rostro se le estruja como un puñado de hojas secas. Aprieta tanto los labios que por segundos adoptan el aspecto de una puerta cerrada. “Por la bebida perdí credibilidad —continúa arrugando la frente con aires de preocupación Luis García, ex pelotero de Industriales y de los equipos de la capital en Series Selectivas— .Es duro sentirse apartado por las personas que te quieren —insiste y noto un temblor en la comisura derecha de su boca, como si estuviese conteniendo las lágrimas— .Sucedieron cosas malas. Pido disculpas. Ahora veo la vida diferente. Estoy luchando y quiero mejorar más como persona”, revela mientras parpadea como si saliese de un trance y se sienta en un cuidado muro, que desafía el patético estado de una de las tantas maltratadas aceras de La Habana.

“En ese tiempo muchos me dieron la espalda. Los entiendo, el alcohol es veneno y más cuando es en exceso —confirma y deja caer los párpados como se cierra un libro que deseamos no seguir leyendo— .Uno no entiende, se pone bravo. No ve la mala proyección que tiene con los demás. El pensamiento no responde. Estás fuera de control hermano —asegura y no para de estrujarse las manos de puro nervio— .Te repito que quiero borrar todo eso, por mis hijos y nietos, por mí” —testifica en tanto procura tragar saliva, como si tuviera la garganta demasiado reseca—.

“Lo reconozco, fui egoísta. Acepté ayuda por obligación. No tenía interés, pensé que podía solo con el problema. En situaciones así el apoyo profesional es importante, lo entiendo —legitima y se aferra al bastón del coraje, a la vez que el sol de febrero proyecta delgadas sombras, que permiten que el calor suba tímidamente desde las aceras en forma de tentáculos— “Yo lo hice y veo los resultados. Todavía me tomo traguitos, pero estoy controlado. Sé hasta donde puedo y cuando no —apunta como si tuviera prisa por decir algo acertado— .Hubo un tiempo en que amanecía con un vaso de bebida en la mano. Ya noooo… tengo cerca a mis hijos”, añade y baja la cabeza, reúne valor y vuelve a levantar la mirada.

“El problema de la bebida es un mal de algunos deportistas. No nos preparamos. Pensamos que el deporte no se acaba. Es difícil que luego de estar en el estrellato caigas. No te reconocen, se olvidan de tu entrega —respalda con un ademán de tristeza, que destila también decepción—.

“Te apartan. Incluso grandes entre los grandes están en ese caso y no quiero que alguien se ponga bravo y diga que hablo por hablar —registra escudado en un irónico silbido y entrelazando las manos detrás de la nuca—Los casos están ahí. Mira Jorge Luis Valdés, que en paz descanse. Son muchos, no sé ni explicarlo”, recalca con un monumental silencio.

Foto: Daniel Martínez

Estira las piernas y los músculos se le alargan como cuerdas cansadas. Emite un triste suspiro. El sufrimiento es el pozo más oscuro. Un abismo sin fondo. Lo consume todo. Sofoca.

“Sabes, pensé en el suicidio —suelta con un lamento ahogado y confesional— Gracias a dios algo me contuvo. Tuve dos o tres ocasiones en que quería irme, me sentía olvidado, lejos de mis seres queridos. Los perdono porque a un borracho hermano, no lo quiere nadie —libera juntando las manos, como si pidiera clemencia—. Soy sincero, en momentos así no cometí la locura porque recordaba a mis dos hijos —argumenta en tanto su lenguaje físico retrata a un sobreviviente de una guerra de trincheras— El dolor que les causaría. Habían perdido a su mamá por COVID. Al que esté en una situación así le digo que hay un mañana. La vida tiene muchos colores. Siempre hay algo que dará motivos para seguir viviendo”, —certifica y se da un pequeño mordisco en el labio como probando la sustancia de lo expresado.

Luis García traza una mueca de tristeza mostrando su desnudez moral más sincera. Su espontánea y estremecedora gestualidad es una masa de contrastes. Como la vida: compleja y ardiente.

“Chico, sin menospreciar, el béisbol que yo jugué no tiene nada que ver con el de ahora —dice y el alma le regresa al cuerpo— .Lo ves desde el dogout. Falta concentración. Poca mentalidad a la hora de hacer acciones o intentarlas. Es un deporte de gestos y señas. Sino estás preparado para hacer lo que toca, que es en fracciones de segundos, estás frito. Se ha perdido adelantar al corredor. Tocar la bola, hacer un squeeze play. Los pítchers y los bateadores no saben qué hacer con el conteo arriba. Los de mi etapa tienen que molestarse —recalca y enarca las cejas imitando un “imagínate tú”— Hoy los muchachos tienen calidad y físico, pero no hay mánagers como Pedro Chávez, Jorge Trigoura y Servio Borges. La disciplina lo es todo. Yo no lo fui como debía. Tenía habilidades en el terreno, pero me faltó entrega”…

Le pregunto y calla. Sin embargo, luego de varios puñetazos en el estómago de la conciencia todo parece más sencillo.

“No continué estudiando. Gran error, aun así estoy capacitado para entrenar y decirles a los licenciados ¡vamos al terreno! ¿cuál su visión de esto?, ¿cómo crees que podemos hacer esta jugada? Así como yo hay muchos entrenadores. Es bueno ir a la Universidad. Te prepara, aunque no garantiza que batees o fildees. Tampoco que hagas las cosas en el momento justo y de la mejor forma. Además de demostrar por qué”, expresa e imita algunas acciones del juego.

“Mira, te pregunto y es triste —expone mientras hace una pausa y con iguales dosis de picardía e ironía guiña un ojo— ¿cómo es posible que alguien que no jugó béisbol esté en un puesto de dirección y tenga mejor modo de vida que alguien que si estuvo en la pelota? Está el amiguito del amiguito, es la verdad y nadie puede molestarse”, acuña con la natural frustración de quien vive lo suficiente para asistir al ocaso de lugares que amó.

“Para mí no hubo lanzador fácil ni difícil. Todos eran duros. Bateé  con aluminio, cuando los pitchers sabían que hacer. Había una constelación. ¿El mejor pelotero que vi? Esta dura la cosa papá —responde como si le apuntara con una pistola—. Fueron tantos. Que me disculpe Omar Linares. Antonio Pacheco era bateador de la hora buena. Hacía todo muy bien. Estaba fuera de liga.

“¡Buenooo! —alega con una simpática entonación— en La Habana el béisbol ha decaído, en los terrenos faltan los que deben estar —afirma, y su decepción se eleva como aire caliente— .Ahhhh, ¿cuál es el factor clave? y lo digo, nadie trabaja por tan poco dinero y un montón de limitaciones. Además, tienes que aceptar que no te evalúen como corresponde. Los muchachos de hoy se van. No tienen la formación de mi tiempo. Aun así, los peloteros viejos también dejan el país. El problema económico es grande. Hay que entenderlo. ¿Yo? estoy aquí todavía con los míos, estampa golpeándose el pecho con la mano abierta.

“Conmigo y con otros fueron injustos en algún momento. Había hombres que eran seguros en el Cuba, pero otros que rindieron y se ganaron el puesto en una preselección no tuvieron la oportunidad. Al menos pude conformarme con hacer el Cuba B dos veces” —certifica como a quien la resignación lo ha devorado como una rata hambrienta—.

“Si pudiera cambiar mi vida sería músico. Estudié violín y cantaba bien. El béisbol me robó y me siento agradecido de los buenos y malos momentos que viví con él —y en sus palabras percibo por fin un tono de satisfacción—Me arrepiento de algunas cosas. Varias ocurrieron por mi problema con el alcohol. Hubo personas que abusaron y se aprovecharon de mí —añade con el mentón triste y enraizado en el pecho—. Eso pasó, ahora es que Luis García va a dar pelea” —recalca y despidiéndonos estrecho su mano similar a  un viejo y reseco guante de béisbol…

¿Qué hacer cuando las columnas que sostienen nuestra humanidad se derrumban por la corrosión de ciertas realidades? La tiranía del carácter de los vicios puede ser un viaje hacia el abismo. También una constante reflexión sobre la existencia, el perdón y la resurrección. La vida una contradicción capaz de devolvernos a la luz más esperanzadora. Un espejo, donde debemos mirarnos sin miedos ni temores para enjuiciar nuestra frágil condición humana.

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