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Montané y su «conciencia crítica»

Por Margarita Barrios

«Era un hombre muy sociable, jaranero e incansable conversador y a la vez exigente, disciplinado y perseverante. Su belleza moral contrastaba con su aparente complexión física débil, de baja estatura, gruesos espejuelos y enfermizo.

 

Jesús Montané y sus padres, tras la salida de Presidio Modelo. Autor: Cortesía del entrevistado

 

«Fue un hombre con voz propia, de buen corazón, abanderado del honor y la dignidad humana, luchador sin tregua. Nunca fue dado a eludir los problemas, capaz de cohesionar voluntades y energías en favor de forjar una patria nueva y hacer avanzar la dignificadora obra de la Revolución».

Así recuerda René Montes de Oca Ruiz a Jesús Montané Oropesa, uno de los hombres imprescindibles del proceso revolucionario, no solo por su participación en las acciones para alcanzar el triunfo —asaltante al Cuartel Moncada y expedicionario del yate Granma— sino también por toda su labor luego de 1959.

«Leía mucho y tenía una cultura muy elevada, además se cuidaba con una sana alimentación. Poseía una honradez a carta cabal, radical en cuestiones de principios, pero, como todos, también tenía sus defectos, por ejemplo, ser muy sobreprotector de la familia.

«A pesar de ser asmático, diabético e hipertenso, trabajaba sin descanso. Había sufrido tres paros cardiorrespiratorios. El 7 de mayo de 1999, a los 76 años, murió a consecuencia de una situación médica similar», lamenta en entrevista exclusiva con JR Montes de Oca, quien fuera, durante 33 años, su ayudante personal, jefe de Despacho y asesor jurídico.

—En una actividad donde yo estaba trabajando, alguien le nombró por alguna de sus responsabilidades y Montané dijo con orgullo: «no, yo soy el ayudante personal de Fidel»…

—La relación entre Montané y Fidel era de cariño y respeto. Para él, el Comandante era un ídolo, admiraba todas aquellas genialidades que todavía hoy tienen vigencia y nos asombran.

«Nosotros en la oficina le preparábamos a Fidel las carpetas para las reuniones del Buró Político, Consejo de Estado, lo que tuviera. Pero él se iba por encima de todo eso, era capaz de ver lo que nosotros no éramos capaces ni de imaginar. Hacía preguntas y había que darle respuesta inmediata.

«Para Montané las cosas de Fidel eran sagradas, era muy celoso con todo, con la administración de los recursos, con cada proyecto. Y cuando pasaba un día y el Comandante no lo llamaba se preocupaba. A veces iban en el carro despachando, porque no había tiempo. Luego descifrar aquella letra era un conflicto, pero así era el trabajo», subraya.

René hace una pausa, se va a la mesa donde tiene documentos, libros, fotos, y toma el texto Melba, mujer de todos los tiempos. Ella fue su esposa por 15 años —recuerda Montes de Oca— y aunque se separaron mantuvieron hasta el final una profunda amistad.

«En su testimonio en este libro, Melba define esa relación de manera elocuente: “Lo de Chucho —así le decía ella— era inmenso, muy sentido. Yo diría que se le iba por arriba a muchos de los compañeros, incluso a mí misma. Fue un hombre muy trabajador y, sobre todo, muy revolucionario y fidelista. Conocía tanto a Fidel que era capaz de interpretar su pensamiento rápidamente y sin errores, nunca le falló a Fidel”».

—¿Cómo era la relación de usted con Montané?

—Fuimos muy cercanos. Cuando él llegaba al Comité Central siempre pasaba primero por mi oficina antes de llegar a su despacho.

«Él tenía múltiples responsabilidades, en diversos momentos asumió, por ejemplo, ser Ministro de Comunicaciones durante más de nueve años y fue diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular desde su creación hasta la 5ta. legislatura.

«En el Comité Central del Partido tuvo varios cargos, fue responsable nacional de administración y finanzas, estuvo al frente de la Secretaría de Organización, del Departamento de Atención a las Organizaciones de Masas y del Departamento General de Relaciones Exteriores.

«Con todas esas responsabilidades y otras, más la oficina del Comandante, era difícil organizar su agenda. Cuando salíamos de recorrido por las provincias yo le decía: “tenemos que terminar esta visita ahora, nos esperan en tal lugar”. Él me respondía: “eres mi conciencia crítica”, y se reía. Porque era muy puntual, cumplidor de todas sus tareas, pero con esa vorágine de trabajo resultaba prácticamente imposible organizar sin poner horarios y términos a cada labor.

«Montané exigía acuerdos, fechas de cumplimiento, nombre del responsable de llevar adelante la tarea. Nada podía fallar, había que darle respuesta en el término establecido. Lo chequeaba, con un control estricto y siempre pendiente de todo y de todos», apuntó.

En este momento de la entrevista Montes de Oca me dice, «periodista, todo esto yo lo cuento desde la modestia, digo todas estas historias sin ánimo de protagonismo, porque creo es conveniente que se conozcan, sobre todo, para los jóvenes de hoy y de mañana. Que no se pierda en el tiempo la impronta de quienes hicieron la Revolución».

Yo, que comparto la opinión de que es preciso proteger la historia desde sus protagonistas, le aseguro que justamente la intención del trabajo es esa, y continúa el ameno diálogo, donde no faltan libros, fotos, anécdotas vividas que en muchos casos van a los más íntimos recuerdos familiares.

«Antes de la Revolución yo trabajaba en el Bar Cuba, en Prado y Teniente Rey, en La Habana. Desde allí hacíamos nuestra labor de apoyo al movimiento clandestino. Luego del triunfo los dueños de ese lugar se marcharon y yo me quedo al frente, junto a un grupo de trabajadores. Es el momento de las intervenciones, y participo en varias. Así paso a trabajar al Instituto Nacional de la Industria Turística (INIT), y luego me voy a las zafras del pueblo, como militantes de la UJC.

«Cuando termino en 1966 me mandan a buscar para trabajar en el Comité Central, como cuadro. Se suponía que iba para la oficina de Armando Hart, pero al llegar allí me dicen que no, que era con Montané, y ahí comenzó esta historia que se extendió por 33 años.

«Luego de su muerte, me quedé en el departamento de atención a la población, vinculado a la ayudantía del Comandante en Jefe. Ahora ya estoy jubilado, pero ya ves, sigo trabajando, recopilando documentos, entregándolos a los lugares donde deben estar para que no se pierdan y las futuras generaciones puedan acceder a ellos.

«La vida de Montané fue ejemplar. Destaca su fidelidad revolucionaria por más de cincuenta años de entrega a las luchas por la independencia de la patria y en la construcción de una nueva sociedad socialista para el bienestar y la prosperidad de nuestro heroico pueblo».

(Tomado de Juventud Rebelde)

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